
El sagrado valor de la vida y el fin de nuestras guerras
Para nuestras compañeras de la CONAMIC
Para todas las mujeres que trabajan por la paz de este país.
Rosa Emilia Salamanca G
Directora
Nos han arrebatado a una mujer valiosa a manos de armados, y nada —absolutamente nada— justifica una muerte violenta. Nuestro dolor y nuestra indignación son profundos, pero se empequeñecen por completo ante la dimensión de su propia pérdida. Para ella y para su esposo, este final abrupto fue el acontecimiento más definitivo y trascendental de sus vidas: la pérdida absoluta de la existencia misma. Cuando las balas y la violencia se los llevaron, les arrancaron el mundo entero.
Vivimos casi en la costumbre de contar los cuerpos como si fueran cifras en un papel, a digerir la violencia como parte del paisaje cotidiano dentro de este ciclo interminable que parece no tener fin. Hemos ido despojando a la muerte violenta de su solemnidad, de su peso absoluto, de su inmensa trascendencia. Se nos ha ido olvidando que cada persona que parte a la fuerza lleva consigo un universo entero de sueños, de risas, de silencios y de memorias que ya nadie podrá repetir.
La muerte por asesinato no es solo una ausencia física; es el atentado fulminante contra el prodigio maravilloso que es la vida, un acontecimiento de una trascendencia infinita que hoy miramos con una peligrosa indiferencia y con una arrogancia que descorazona, diciendo con facilidad que ” nos la jugamos día a día”. En este país hemos ido naturalizando tanto la tragedia criminal que hemos olvidado por completo lo que significa perder a alguien a manos de las armas y lo que implica la violencia homicida en su dimensión más honda.
Y es ahí, donde no queremos quedarnos atrapadas, entre la digna rabia y la indignación patriótica donde una y otra, nos van marcando y que son utilizadas de maneras patriarcales para justificar la muerte y las armas mientras miles de negocios van detrás. Nos empujan a habitar trincheras donde la vida y la muerte son usadas únicamente como fichas de un tablero político… pero las mujeres somos mucho más que eso, y lo decía María Ovidia… mucho más.
Ella, y hoy nosotras en su memoria, sabiendo lo trascendente de su muerte, queremos romper este ciclo de crímenes y recuperar el verdadero sentido de la existencia. La muerte por violencia no es un daño colateral ni una fría estadística que se instrumentaliza para ganar debates; es el final absoluto e irreversible de una vida que merecía ser vivida en plenitud y en libertad. Optamos por salir de la dinámica que nos rompe en un sinsentido, para volver a mirar la fragilidad humana con una ternura radical, con el cuidado que merece y redescubriendo el respeto profundo por cada latido en autonomía.
Ya no más. Nuestro espíritu feminista anuncia con fuerza que hay que parar. Sanar este mundo exige devolverle a cada vida su peso sagrado y a cada muerte su dignidad inquebrantable. Cuidarnos, honrar su memoria y proteger la vida frente a las balas se convierten, desde el amor más profundo, en nuestro único camino posible. No dejemos que el alma de este pueblo siga en esta descomposición sin fin.